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Terra
La Coctelera

Gal Costa

Gal Costa, en Almuñécar este verano pasado.
En los enlaces podéis escuchar su último disco, "Hoje", producido y arreglado por Cesar Camargo Mariano. Ya me diréis si gusta.

Yo con ella. No es que yo sea mitómano, más bien no lo soy nada, pero me emocionó encontrarme con la voz que me ha acompañado desde que era un adolescente.

TORRIJAS DE VINO Y MIEL, Y DE LECHE Y AZÚCAR

Se trata de uno de los platos más típicos de la repostería de Semana Santa en Andalucía. No hay casa que se precie que no huela a miel y ajonjolí en estas fechas tan importantes. De toda la repostería semanasantera, es la de más fácil elaboración, si bien es una de los más deliciosos bocados que se pueda degustar en los desayunos y las meriendas de esos días.

INGREDIENTES

1 pan de molde: lo mejor es que sea de un pan blanco y denso, y con una corteza no demasiado dura. Por supuesto, debe estar entero y no cortado en rebanadas. El tamaño habitual ronda los 40 cm. de largo, y el cuadrado de las rebanadas es aproximadamente de 10 x 10 cm.

1 litro de aceite de oliva virgen extra.

Huevos: en principio con tres o cuatro sería suficiente, pero es bueno tener más por si los necesitamos.

Para las de vino y miel.
1 kilo de miel.

½ litro de vino blanco suave.

Para las de leche y azúcar.
½ litro de leche.

½ kilo de azúcar y canela molida, mezcladas.

ELABORACIÓN
El pan se debe comprar un día antes de la realización de las torrijas. Se deja reposar tranquilamente y se espera a la mañana siguiente.
Se corta el pan en rebanadas de, aproximadamente, 1 cm. ó 1 ½ cm. de espesor.

Para las de vino y miel:
Se prepara lo siguiente, cerca del anafe, en la encimera:

Un plato medio hondo con el vino.
Un plato, también medio hondo, con los huevos batidos.
Un recipiente vacío en el que quepan todas las rebanadas

Se pone a calentar, en una sartén ancha y honda, el aceite. Un truco para rebajar un poco el fuerte sabor del aceite de oliva es freír en él, antes de proceder a la fritada del pan, la cáscara de un limón: el sabor se suaviza y el aire se impregna de una aroma muy sureño.

Cuando el aceite está caliente (pero no demasiado), se baja el fuego para mantener la temperatura y se procede entonces a la fritada del pan.
Se coge una rebanada, se pasa por el vino, cuidando de que no se impregne demasiado en el líquido (se pondría demasiado blanda y agria en exceso), pero que no esté seca.
Se pasa por el huevo batido.
Se echa en la sartén.
Se repite lo mismo hasta tener tres o cuatro rebanadas en la sartén.
Se les da la vuelta con una espumadera para que el huevo se fría por todos los lados y se sacan de la sartén, se escurren y se colocan en el recipiente vacío.
Se procede de igual modo con todas las rebanadas.

Una vez todas fritas, se aparta el aceite y se coloca una olla con la miel. Se calienta a fuego muy suave hasta que esté líquida. A veces es necesario quitar un poco de la cera que aparece en forma de espuma. Sobre todo, procuremos que el fuego sea muy suave para que la miel no pierda propiedades y no se salga de la olla al hervir.

Se preparan recipientes planos en los que colocar las torrijas.

Se van pasando las rebanadas, una a una, por la miel caliente, con la ayuda de una espumadera metálica: se cogen con cuidado del recipiente donde estaban, se introducen en la olla (que debe ser lo suficientemente grande como para poder acoger la espumadera sin problemas) y se dejan unos segundos para que se impregnen de miel. Se van colocando en los recipientes finales, procurando no apilar más de dos.

Cuando ya todas las rebanadas se han “almelado” (así es como aquí se llama este último proceso), la miel restante (si no es mucha) puede verterse por encima de las rebanadas aún calientes.

Antes de consumirlas hay que dejar que se enfríen totalmente.

Para las de leche y azúcar:
Después de cortadas las rebanadas, se preparan tres platos.
Uno con la leche.
Un segundo con los huevos, batidos.
Un tercero con el azúcar mezclada con la canela molida.
Las rebanadas se pasan por la leche, por el huevo, se fríen y acto seguido, aún calientes, pero escurridas de aceite, se cubren de azúcar y canela. Después de que se enfríen estarán listas para comer.

Amália

En la historia de la interpretación musical de nuestro siglo la figura de Amália Rodrigues poseerá siempre contornos de grandeza incomparable. Sus fados, sus canciones, su presencia inolvidable en la escena nos muestran a un ser poseído por la gracia y capaz de transformar un género limitado y circunscrito por su propio idioma, y por fronteras culturales y económicas que parecían insalvables hasta entonces, en un testimonio universal de los sentimientos más profundos del ser humano.
Desde su lanzamiento a la fama, como protagonista del film de Leitão de Barros, “Vendaval”, hasta sus últimas apariciones en el Coliseu dos Recreios de Lisboa, la mirada de Amália conservó la marca de las almas destinadas a la gran empresa de emocionar a sus congéneres. Ella misma lo decía con ese sentido sabio, de sibila, que la caracterizó siempre: “El fado es una cosa muy misteriosa, hay que sentirlo y hay que nacer con el lado angustiado de la gente, sentirse como alguien sin ambiciones, sin deseos, como una persona que no existiese. Así soy yo y por eso nací para cantar el fado”.
Es en esta grandeza, que con tanta naturalidad ella unía a la humilde labor del cuidado de sus geranios en la Rua São Bento, y en la prodigiosa intuición interpretativa que poseía, en donde hay que buscar la importancia de Amália. Y por encima de todo, la belleza de su voz única en la expresión de cada sentimiento, que, como bien decía el desaparecido poeta y diplomático Nuno Vieira de Almeida, “parece habernos habitado siempre, que nos parece ancestral, con esa fuerza telúrica que la habita. Esa voz que reúne todas las cualidades, sin ningún defecto, y que al unirse a la personalidad artística de Amália Rodrigues constituye la prueba irrefutable de la existencia de Dios”.
Triste labor, ahora, la que resta a ese pueblo que lava en el río: tallar con su hacha las tablas del ataúd de aquella que les perteneció, a la que dieron altura de incienso y aromas de barro y brezo, “mas a sua vida não”.